Este pequeño prólogo es un adelanto de lo que será el primer capitulo.
-Jamas -Dijo Kaledreth, el cabeza de familia- Jamás una hija mía se presentará ante el cuartel de la Guardia para formar parte de el.
-Pero padre -Contestó rápidamente Aleera- se que quieres que la tradición de sacerdotisas siga, pero aun asi, Elune tiene un destino para mi muy distinto al que crees que tengo desde mi nacimiento.
-Padre -Interrumpió Shibasaki, la hermana gemela- Aleera ha sido de siempre la más fuerte de las dos, y sabes casi como yo que si bien ambas hemos sido bendecidas por la luz, mi hermana no poseé del todo las cualidades que poseén madre y Tia Tyrande.
-"Que puedo hacer..." -Cavilaba para si mismo Kaledreth hasta que dio con la solución- Aleera, presentate a las pruebas, pero no quiero que aparezcas por esta casa si has fallado en la prueba.
Tras agradecerla a su hermana la ayuda, Aleera marchó al cuartel de la Guarda Real, donde se encontró con muchos otros elfos que como ella, querían ser parte importante de esa Guardia que protegía Teldrassil y sus alrededores de peligros más simples que en otros tiempo vividos por el pueblo Kaldorei. Sin mirar atrás, atravesó aquella puerta enorme, pero chocó:
-¡Ay!
-¿Estas bien?
-Empiezo bien aqui...
-Deja que te ayude a levantarte...
-Gracias... ¡Pero tu no eres...! -Gritó Aleera al instante- ¿Sebastian Terkeis, el legendario paladin?
-Bueno -Dijo sonrojandose levemente- No esperaba que me reconocieran tan rápidamente en Darnassus, pero veo que es imposible escapar de mi reputación.
-¿Que trae a un paladín tan legendario por aqui?
-Venía a visitar a un amigo, pero veo que no está. Oh se me olvidaba, este chico de aqui es el hijo de un amigo, Vann.
El joven llamado Vann, que no había apartado la vista en ningun momento de la cara de Aleera, rápidamente disimuló mirando hacia otro lado.
-Ishnu-Alah -Dijo jovialmente Aleera- Encantada de conocerte, Vann.
-Ishnu-Alah -Replicó rápidamente Vann, agachando la cabeza en señal de reverencia- Es un honor estar ante la hija del legendario Kaledreth...
-¿Hasta allí en Ventormenta se conoce a mi padre? -Preguntó Aleera, sorprendida.
-¿Ventormenta? -Dijo Vann con una sonora carcajada- Yo soy de Villa Oscura. Sebastian me habló de el, y de la reputación de su familia como sacerdotisas de Elune.
-Cierto. -Dijo Sebastian- Pronto comenzarás con las labores de sacerdotisa, ¿no?
-No. Voy a ser una guerrera. Pienso ser la mejor guerrera de todo azeroth.
-¿Bromeas?- Interrumpió Vann- Nadie será más conocido que yo, Vann Dialuz.
-¿Quieres... un duelo? -Preguntó Aleera con cierto tono de desafío-
-No llores tras perder, niña -Dijo Vann mientras le cedía una espada.
El duelo fue bastante largo, con golpes por parte de ambos. Aleera, mucho más ágil que Vann debido a su complexión atlética, debido a años y años de adaptación a la ciudad-árbol, lograba muchas veces golpear a Vann con éxito, pero otra cosa distinta era dañar de forma que Vann se rindiese, pero Vann, que ya tenía un entrenamientó básico de guerrero, lograba atacar de manera más contundente, aunque lenta, pero se guardaba un truco bajo la manga. Vann, en un momento que Aleera no estaba atenta, intentó cargar contra ella, pero Sebastian, como viendo lo que pasaría, lanzó una burbuja que protegió a Aleera, y que del impacto mandó a Vann varios metros atrás.
-¿Casi había vencido a esa mocosa? No deberías haberte entromentido en el combate...
-¡SILENCIO VANN! -Bramó Sebastian, y tras recuperar la calma dijo- Vann, recuerda que en el código del guerrero no esta hacer daños a los demás sin razón alguna.
-Maestro, yo....
-La culpa es mia - Dijo Aleera, mientras se encorvaba en señal de disculpa, y a la vez para ocultar las lágrimas de rabia e impotencia, pues ella pensaba que había perdido y que el paladín había tenido que protegerla por debil. - No debí de haber seguido el juego, ni preguntar, ni nada...
Aleera se alejó mientras el pañadín pensaba: "ahora que caigo, la posición de los pies, la postura de las manos... estaba preparada para evitar la carga y contraatacar... creo que he salvado a Vann más bien".
Pasó el tiempo, y Aleera fue practicando y entrenando hasta que llegó el día de la gran prueba que decidiría si entraría en la Guardia Real o si por el contrarío sería rechazada.

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